jueves, 3 de noviembre de 2022

El testamento de Marco Antonio.

 

Busto de Marco Antonio. 



Tras haberme ocupado ya de los testamentos de Julio César y de Augusto, para completar la trilogía dedicaré esta entrada al de Marco Antonio.

Sin duda se puede considerar que la relevancia histórica del testamento de Antonio no es equiparable a los de aquellos personajes, pues, entre otras razones, el propio curso de los acontecimientos lo convirtió en ineficaz. Pero esto no le priva de su papel de proveedor de lícito entretenimiento, así que perpetremos otra entrada sobre estas materias.

Al acercarnos a la figura de Antonio nos falta el material que para los otros casos citados ofrecía nuestro apreciado Cayo Suetonio Tranquilo, y se diga lo que se diga de él, se le echa de menos. 

La fuente principal en este caso sería la vida que a Antonio dedicó Plutarco, pero afortunadamente para nuestros propósitos aquí Plutarco se "suetoniza", por decirlo así, y ofrece numerosas anécdotas sobre un personaje cuya personalidad excesiva las propiciaba. 

Aunque lo cierto es que las fuentes clásicas, al tratar de Augusto, se tienen que ocupar también de Antonio, pues la guerra entre ambos decidió el destino de Roma, y por extensión el de nuestro mundo, incluida la relación, tan compleja entonces como ahora, entre Oriente y Occidente.

Y si bien Antonio resultó el perdedor en dicha guerra, una simple consulta de internet nos revela que su presencia en la moderna cultura popular es probablemente no menor a la de su enemigo, lo que puede deberse en buena medida a su relación amorosa con Cleopatra, de la que el arte occidental, incluyendo la literatura y el cine modernos, han bebido en más de una ocasión.

De hecho, diría que hay caminando por nuestro mundo más "Marcos Antonios" que "Octavios" o "Augustos", lo que quizás pudiera ofrecer algún consuelo al desdichado general, cuyo nombre, tras su derrota, fue borrado de los registros oficiales por orden del vencedor.

Pero el papel de perdedor de Antonio influyó en la visión que los antiguos autores nos transmitieron del mismo, condicionada por la propaganda literaria al servicio del primer emperador y de sus sucesores, que lo retrataron comúnmente como un hombre de alguna simpleza, especialmente en su relación con las mujeres, y entre ellas, de modo destacado, una reina, extranjera y oriental, en manos de la cual el general romano habría sido poco más que un juguete al fin traicionado.

Si fue esto así realmente o no, no me corresponde opinarlo a mí. Lo que sí parece cierto es que Antonio fue un hombre de excesos en casi todos los ámbitos de su vida, lo que le granjeó cierta mala fama en la sociedad romana, aunque la oriental lo tuvo, al parecer, en buena estima. Y si, como todos los personajes de su época, era capaz de actos crueles, también se le registran ejemplos de conducta generosa y llana, especialmente con sus legionarios, que apreciaban que, tanto como disfrutaba de exquisitos banquetes en barcazas que surcaban el Nilo, fuera capaz de compartir su rancho, marchar a pie o dormir en tiendas de campaña o al raso. 

Así lo describe Plutarco: "se caracterizaba su carácter por una llaneza y una lentitud de reflejos, pero, cuando se daba cuenta de sus errores, sentía un profundo arrepentimiento y lo reconocía ante los que habían sido perjudicados por él. También había una cierta ejemplaridad en sus recompensas y en sus castigos, pero parece ser que tendía a superar todos los límites, y más en los favores que concedía que en los escarmientos. La insolencia de sus bromas y chiquilladas encontraba su remedio en ella misma, porque permitía que se le devolvieran las bromas, ya que se divertía tanto si era objeto de esas burlas como si él se reía de los demás ... Si tal era el temperamento de Antonio, el amor de Cleopatra fue el mal que lo remató definitivamente".

Además, no solo fue su relación con Augusto la que influyó en la visión negativa que de Antonio se nos ha transmitido, sino también la que resulta de los "trajes a medida" que le hizo su otro gran enemigo político, Cicerón, aunque ciertamente el famoso orador terminara por pagar sus atrevimientos literarios con la propia vida.

Un esquemático currículum de Marco Antonio incluiría ser el lugarteniente de César, llegando a mandar un ala de su ejército en Farsalia, donde fue derrotado Pompeyo, el grande, la enemistad y consiguiente enfrentamiento armado con Octavio, derivado de su común aspiración al legado de César, la posterior alianza entre ambos y su lucha contra Bruto y Casio, y su guerra final, que quedó decidida en Accio, donde la flota de Octavio, comandada por Marco Agripa, derrotó a las de Antonio y Cleopatra, a quien Antonio siguió en su precipitada huida del campo de batalla.

Pero quizás lo fundamental para la comprensión del testamento de Antonio sea referirnos a su relación con sus tres mujeres, Fulvia, Octavia y Cleopatra.

La primera esposa de Marco Antonio fue Fulvia. 

Como era habitual entonces, al menos para personas de esta posición, en la elección de esposa pesaron para Antonio más motivos políticos o económicos que de real afecto, y también el deseo de César de que Antonio abandonase en lo posible una vida que ya empezaba a considerarse licenciosa en exceso para la mentalidad romana media. Sin embargo, fue el suyo un matrimonio relativamente unido, al menos en sus odios. Es de recordar el episodio de Fulvia clavando reiteradamente un alfiler de oro en la lengua del decapitado Cicerón, como castigo póstumo por las Filípicas y otras confianzas. 

Fulvia gozó en la literatura clásica de la suerte común a las mujeres que en aquellos tiempos expresaban fuerza de carácter, fuera este carácter mejor o peor. Así, Veleyo Patérculo nos dice de ella que tenía de mujer solo el cuerpo. Esto lo desarrolla Plutarco del siguiente modo: "como medida para alejarse de esa vida disoluta, Antonio se dispuso a casarse y tomó por esposa a Fulvia, que había estado casada antes con el demagogo Clodio. Aquélla era una mujer que no circunscribía sus pensamientos a las simples tareas del hogar, como cardar la lana, ni se veía digna de domeñar a un simple ciudadano, sino que tenía designado casarse con un gobernante al que quería gobernar y un capitán dispuesto al que se le capitaneara. De esta forma, las lecciones de sumisión que Antonio recibió de Fulvia, le sirvieron a Cleopatra para tomar posesión de él, ya que desde el principio estaba amansado y medianamente instruido en obedecer a las mujeres."

Marco Antonio y Fulvia tuvieron dos hijos, Antilo y Iulo Antonio. El primero fue hecho ejecutar por Octavio, tras la muerte de su padre. El segundo disfrutó de una vida de reconocimientos, llegando a ser cónsul, aunque no fuera la suya una existencia muy larga, pues tuvo la mala idea de convertirse en amante de Julia, la hija de Augusto, y la pésima idea de conspirar contra el padre de su amada.

En los últimos tiempos de su matrimonio con Fulvia, y mientras esta se dedicaba a hacer oposición a Octavio, con la palabra y con los hechos, Antonio, que andaba por sus dominios orientales, ya había iniciado su relación con Cleopatra, y les había dado tiempo a engendrar sus dos primeros hijos comunes, unos gemelos a los que llamaron Alejandro Helios y Cleopatra Selene. Sin embargo, Fulvia se evitó mayores vergüenzas al fallecer bastante tempestivamente, al menos para los intereses amatorios de su esposo. 

Esta relación con Cleopatra no fue de ningún modo lineal. En cierto momento, Antonio abandona Alejandría, se traslada a Roma y llega a una tregua preventiva con Octavio, que los dos prohombres sellan con el matrimonio de Antonio con la hermana pequeña de Octavio, muy querida por este, llamada Octavia, la menor.

Por entonces, Antonio necesitaba el apoyo de Octavio para emprender su deseada campaña contra los partos, el principal enemigo romano de la época, y que había causado sonoras derrotas a las legiones. Por otra parte, era necesario acabar de una vez con Sexto Pompeyo, uno de los hijos de Pompeyo, el grande, quien, tras el asesinato de su padre por orden de un hermano y marido de Cleopatra, había continuado la guerra por su cuenta, reuniendo una fuerza militar considerable, especialmente marítima, lo que comprometía el imprescindible suministro de trigo a Roma.

Referiré un epidodio ya final de esta lucha de Antonio y Octavio con Sexto, porque tiene relación, siquiera indirecta, con la materia testamentaria que nos ocupa. 

Derrotado y en huida, Sexto cae en poder de unos hombres de Antonio, mandados por Planco y Ticio, quienes, como veremos, serán precisamente los que en el futuro informarán a Octavio del contenido del testamento de Antonio.

Una vez Antonio conoce que sus hombres han capturado a Sexto, envía un primer correo a caballo con la orden de su ejecución. Sin embargo, casi inmediatamente se arrepiente y envía un segundo correo con la de perdonarle la vida, azuzando a este a apresurarse lo más posible. Tanto lo hizo que llegó a su destino antes que el primer enviado, lo que llevó a Ticio y Planco a malinterpretar el orden de emisión de los mensajes y ejecutar a Sexto. Es una de esas historias con giro final que, al margen de su mayor o menor credibilidad, tanto gustaban a los historiadores clásicos (lo cuenta Apiano), y debo reconocer que a mí también me agradan y por eso sobre todo la menciono.

Volviendo a los matrimonios de Antonio, su enlace con Octavia, a pesar de las múltiples virtudes que esta atesoraba, no fue feliz, aunque sí fecundo, pues tuvieron dos hijas, Antonia, la mayor, y Antonia, la menor.

La propaganda octaviana utilizará profusamente la traición conyugal de Antonio a una virtuosa matrona romana, como era Octavia, en beneficio de una extranjera de dudosa moralidad, de más edad y menos agraciada que aquella, al menos al decir de los partidarios de su hermano.

Pero alguna virtud personal sí que habrá que reconocerle a Octavia, pues consta que crió como propios a los hijos de su rival, y eso no lo hace cualquiera.

El que, según todos los indicios, a Antonio le resultase Octavia menos atractiva que Cleopatra no obsta a que esta última se preocupase un tanto por el posible abandono de la amante a favor de la mujer legítima, lo que llevó a la reina, y menciono el detalle porque creo que humaniza el relato, a ponerse a dieta. Nos lo cuenta así Plutarco: 

"Se dio cuenta Cleopatra de que Octavia estaba dispuesta a luchar decididamente y temió que, haciendo valer la dignidad de sus modales y el poder de su prestigio, como hermana de César, además del placer de su conversación y de las atenciones que le dirigía a Antonio, ella fuera invencible y controlara totalmente a su marido. Así, ella exageró las muestras de su pasión por Antonio: adelgazó haciendo una estricta dieta, hacía que su mirada estuviera en éxtasis, cuando él venía hacia ella, y lánguida y triste, cuando se alejaba; se las apañaba para que la viera llorar para rápidamente enjugarse las lágrimas y ocultarse, como si no quisiera que él se diera cuenta; y así se comportó, mientras Antonio se preparaba para partir desde Siria a Media".

En cuanto a Cleopatra VII, basilisa o faraona de Egipto, nos faltaría entrada para ocuparnos de un personaje tan complejo y que tanto ha dado que hablar. Aunque en la mentalidad de nuestros tiempos puede resultar llamativo que, a lo largo de la historia y prácticamente desde su época, uno de los principales motivos de discusión sobre ella haya sido su real aspecto físico. Quizás el interés por esta materia se haya visto reforzado por las escasas representaciones que de la reina se conservaron tras su derrota. Y, además, las pocas que nos han llegado son de origen romano, esto es, proceden del enemigo, excluyendo algunas monedas, formato que difícilmente favorece al representado. 

Aunque posiblemente no tuviera la nariz de Liz Taylor, el conjunto de su físico y personalidad debía ser muy interesante, si no deslumbrante, sin que la acusada interconsanguineidad de su familia causara en ella los estragos comunes a estas prácticas. Dice Plutarco, al respecto de este debatido tema: 

"Cuentan que, en efecto, la belleza de Cleopatra no era, en sí misma, excesivamente exuberante como para subyugar a primera vista, pero su trato tenía un punto irresistible y su belleza, junto con ese atrayente don de palabra, y su carácter, que envolvía al que la trataba, le proporcionaban una fascinación penetrante como un aguijón. Provocaba placer el simple sonido de su voz y su lengua, como si fuera un instrumento de múltiples cuerdas, estaba afinado para expresarse en cualquier idioma en el que ella deseara hablar. En efecto, con pocos pueblos bárbaros tuvo que servirse de un intérprete, pues ella misma era la que por sus propios medios daba audiencia, ya fuera a etíopes, trogloditas, hebreos, árabes, sirios, medos o partos. Se dice que había aprendido a hablar en muchas lenguas, cuando precisamente los reyes anteriores a ella ni siquiera se habían preocupado de aprender la lengua egipcia, confiando alguno nada más que en su dialecto de Macedonia".

Cleopatra y Antonio tuvieron tres hijos, Alejandro Helios, Cleopatra Selene y Ptolomeo Filadelfo. Los tres sobrevivieron a sus padres, fueron puestos al cuidado de Octavia y llegaron a la edad adulta, aunque pocos datos se conservan de su vida posterior, salvo que Cleopatra Selene se casó con Juva, rey de Numidia, el "más galán y exquisito de los reyes", dice Plutarco, especulándose que sus hermanos pudieran haberse ido a vivir con ella. 

Entremos ya en el tema del testamento de Marco Antonio. 

Las noticias sobre el mismo se sitúan en el marco de los prolegómenos a la guerra final entre Antonio y Octavio, que forjaría el destino de Roma. 

Antes del inicio de las hostilidades y como preparación de las mismas, Octavio desencadena en Roma una activa campaña de propaganda contra su rival, centrada en el comportamiento de Antonio, que habría abandonado las costumbres de un varón romano virtuoso (lo que nunca fue mucho) en favor de conductas propias de monarcas orientales, conductas que los romanos por definición despreciaban, unido todo ello a su sumisión, no solo en lo personal, sino también en lo militar y lo político, a los intereses de un Estado extranjero, y para más inri gobernado por una mujer. Pero no todo era cuestión de moral o principios. En el fondo se situaba el peligro que para los proletarios romanos, que vivían en gran medida del reparto de trigo (la annona), hubiera supuesto una potencial pérdida de su principal proveedor de tal materia prima básica.

Por ejemplo, en Roma había causado gran revuelo una especie de triunfo o espectáculo que se habían montado Antonio y Cleopatra en Alejandría en honor de una poco relevante victoria militar de Antonio, a quien no le había ido nada bien en su encuentro con los partos. En dicha ceremonia, conocida como la donación de Alejandría, Antonio, vestido como Dionisio u Osiris, y Cleopatra, que compareció ataviada como Isis o Afrodita, escenificaron la cesión a la reina y a sus descendientes de determinados territorios orientales bajo el dominio de Roma. 

Todo esto con el agravante de que el supuesto hijo de César con Cleopatra, conocido como Cesarión (el pequeño César), fue asociado al trono de su madre con el nombre de Ptolomeo XV, y reconocido formalmente como hijo de César por Antonio, lo que era un ataque directo a la legitimidad de Octavio, basada en su adopción testamentaria por César. 

Ya digo que es en el marco de estos hechos que tiene lugar el incidente con el testamento de Antonio que nos relatan los autores. 

Resumidamente, los citados Planco y Ticio abandonan el bando antoniano y llegan a Roma, informando a Octavio del contenido del testamento de Antonio, que este había depositado en el templo de Vesta y en el que aquellos habían sido testigos. Ante ello, ni corto ni perezoso, y cometiendo un claro acto de sacrilegio, Octavio se hace por la fuerza con el referido testamento, a pesar de la resistencia de las vestales, sacerdotisas que tenían carácter sacrosanto, procediendo Octavio a su pública lectura, la cual confirma los peores temores del pueblo romano sobre la conducta de su general.

Sobre estos hechos nos han llegado varias versiones de los autores clásicos, alguna de las cuales reproduzco a continuación (en ellas César es Octavio, esto es, Augusto):

Así nos lo cuenta Plutarco: 

"Por otra parte, Ticio y Planco, amigos de Antonio entre los consulares, se habían convertido en el blanco de los insultos de Cleopatra (pues se habían opuesto a la presencia de ésta en la mayoría de sus acciones), así que le traicionaron, se pasaron al bando de César y se convirtieron en delatores de la última voluntad de Antonio, pues conocían su testamento. Este testamento estaba depositado en la casa de las vestales, pero ellas no se lo dieron a César a pesar de sus repetidas peticiones: si quería tomar posesión de él, le pidieron que fuera personalmente; así que fue a recogerlo. Primero, él por su cuenta en privado comenzó a leer las cartas e incluso hizo algunas anotaciones en algunos pasajes incriminatorios; y, después reunió al Senado y leyó su contenido enteramente, para disgusto de la mayoría de sus integrantes. Parecía extraño e inadmisible que se pidiera responsabilidades en vida a alguien de lo que había hecho constar como su voluntad para su propia muerte, pero César sobre todo insistió en lo que Antonio dispuso sobre su forma de enterramiento, pues solicitaba que su cuerpo, si moría en Roma, fuera llevado en procesión por el Foro y después fuera escoltado hasta Alejandría para entregar su cuerpo a Cleopatra".

Esta es la versión de Dion Casio: 

"Después de aquella acción de los cónsules, de que, además, César convocara el Senado en su ausencia y de que allí leyera y dijera todo lo que consideró oportuno, Antonio, informado de todo aquello, reunió una suerte de Senado con todos los senadores que le acompañaban y, tras largas deliberaciones desde ambos puntos de vista, declaró la guerra y repudió a Octavia. Y fue entonces cuando aquellos, Ticio y Planco, desertaron, ya fuera porque estaban en desacuerdo con Antonio ya fuera porque estaban enfrentados con Cleopatra. César los acogió con enorme alegría y de sus bocas llegó a conocer todos los demás planes de Antonio, tanto aquellos que ya había emprendido como aquellos que tenía en mente, así como las disposiciones contenidas en su testamento y quién lo custodiaba, pues en verdad ellos mismos eran quienes lo habían sellado. Todas aquellas noticias lo encolerizaron aún más y no vaciló en buscar el testamento y apropiarse de él, como tampoco en llevarlo y leerlo, primero en el Senado y después en la asamblea. Tales eran las disposiciones que contenía aquel documento que nadie censuró la actitud de César, aunque había obrado de manera absolutamente ilegal. En él Antonio otorgaba testimonio como si en verdad Cesarión fuera hijo de Julio César, concedía a sus hijos concebidos en la egipcia dones desmesurados y ordenaba que su cuerpo se enterrara en Alejandría, junto al de ella".

Y esto es lo que cuenta Suetonio en su relato sobre la vida de Augusto:

"Al final acabó por romper su alianza con Marco Antonio, siempre vacilante e incierta, y recompuesta a medias tras diversas reconciliaciones. Y para demostrar más palpablemente que éste se había apartado de las costumbres cívicas, ordena abrir y leer desde la tribuna de los oradores el testamento de Antonio, que éste había dejado en Roma, y en el que entre sus herederos nombraba también a los hijos tenidos de Cleopatra."

Por lo tanto, los beneficiados por el testamento de Antonio resultaban ser fundamentalmente sus hijos con Cleopatra, aunque seguramente se mencionaba en él también a los demás hijos (así, Suetonio). 

Precisamente en torno a esto ha surgido el debate entre los especialistas en cuanto a una posible falsificación del testamento de Antonio por Octavio. 

Quienes defienden la tesis de la falsificación argumentan que Antonio legalmente no podía haber instituido herederos ni otorgado legados a favor de sus hijos con Cleopatra. 

Aunque Antonio y Cleopatra parece que contrajeron matrimonio por el rito egipcio, este matrimonio no era válido para el derecho romano al ser Cleopatra extranjera (peregrini). 

Para que el matrimonio fuera válido en Roma se exigía que entre los contrayentes existiese el derecho a contraer matrimonio (ius cunnubium). Como regla general, aunque existían excepciones (por ejemplo, legionarios veteranos licenciados), no había en el derecho romano ius cunnubium entre un ciudadano romano y una peregrini.

En consecuencia, los hijos de Antonio y Cleopatra también serían peregrini y como tales no podían ser beneficiarios en el testamento de un ciudadano romano. Así que, se dice, Antonio no hubiera cometido en su testamento un error jurídico tan básico, lo que necesariamente implica que el testamento leído públicamente por Octavio fue falsificado por este. 

Los que sostienen la posición contraria argumentan, sobre una base parecida, que tampoco Octavio, de falsificar el testamento, lo hubiera hecho cometiendo un error jurídico básico, para lo que además incurrió en un acto de sacrilegio, contrario a su política de recuperación de los símbolos religiosos y del mos maiorum (las costumbres de los ancestros). Y si lo hubiera hecho, se habría arriesgado a que las vestales denunciaran la falsificación. Además, el contenido del testamento revelado por Octavio era coherente con la conducta pública de Antonio, quien podría haber pensado que, de ganar él la guerra, su voluntad habría sido la ley.

En todo caso, ninguna de las disposiciones de este testamento, fueran estas las que fueran, tuvo reales efectos, más allá de su uso propagandístico. Antonio sufrió tras su muerte, además de la confiscación de sus bienes, una damnatio memoriae, por la que su nombre fue borrado de los registros oficiales y sus estatuas y representaciones removidas.

Sin embargo, en una de esas ironías de la historia, varios descendientes directos de Antonio llegaron en no mucho tiempo a gobernar Roma, como sucesores de Augusto. Así, una de las hijas de Antonio y Octavia, llamada Antonia, la menor, contrajo matrimonio con el hijo pequeño de Livia, Druso, y de ese matrimonio nació Claudio, el famoso emperador de la novela y serie, quien era, por tanto, nieto de Antonio. Un hermano de Claudio, llamado Germánico, fue el padre del emperador Calígula, bisnieto de Antonio. Y una hermana de Calígula, Agripina, la menor, fue, para su desgracia, la madre de Nerón, tataranieto de Antonio y el último de los emperadores de la dinastía julio-claudia. 


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Nota.- Las vestales eran las sacerdotisas de Vesta, diosa del hogar, y como tales mantenían el fuego sagrado y eran depositarias de los principales símbolos de la ciudad. El equivalente griego de Vesta era Hestia, hermana de Zeus, una diosa, no solo virgen, sino muy reservada, y que al parecer no estaba especialmente interesada en las exhibiciones de culto público, ni en ser representada mediante estatuas, lo que concuerda con que fue el único caso que se recuerda en que una divinidad dimitió voluntariamente del Olimpo para dejar su puesto entre los doce a Dionisio, el Baco romano, cuyos atavíos Antonio gustaba llevar.

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